dimarts, 27 de gener de 2009

Imagina.

Con un camino de colores a mi espalda nos quedará la oscuridad ante los ojos. Y si la luz no nos alumbra el camino, imaginaré el mío unido al tuyo para que me lleves de la mano. La oscuridad no me asusta pero tú me haces feliz y me imagino bajo tus sábanas con tu pecho como almohada, cien besos por cada palabra y toda tu calma en nuestro precioso silencio de miradas.

¿Cómo te imaginas tú?

dimarts, 13 de gener de 2009

Hay días.




¿Alguna vez te has preguntado por qué los días afectan al estado anímico de algunas personas? Yo nunca soporté los domingos, es más: los odio con toda mi alma. El día que alguien me dijo que dicho día le parecía el mejor de la semana me pareció ver a mi interlocutor sin cabeza durante unos segundos. También los hay que tienen aversión por los lunes, por el día trece de cada mes (especialmente si cae en martes) o el propio mes de abril, por ejemplo. Curioso complejo el nuestro cuando se trata de los días.

Nuestros días se vuelven más lentos, deseamos que pasen las horas y sin embargo éstas se transforman en escasos minutos que se niegan a sucederse los unos a los otros: no avanzan. A veces puedo ver en las agujas del reloj, o los dígitos de uno analógico, una pequeña sonrisa burlona, como si tuvieran plena consciencia de nuestro deseo de que corran los segundos, los minutos, las horas, este día... sí, eso es, que se acorten los días. A menudo querríamos tener algo que hacer, algún asunto que ocupara nuestro limitado tiempo que se hace eterno.

A decir verdad, últimamente los domingos son fugaces, a penas visibles. Me doy cuenta, tal vez, de cuanto afectan aquellos que nos rodean a los días, la costumbre y lo acomodados que estamos a ello, por hábito, lo cual no implica que sea de nuestro agrado. Si podemos salir de la aburrida rutina vacía de un domingo, también podemos escapar de las redes de las horas, días y meses que nos pesan. Pensándolo bien, ¿para qué temer sus nombres y unos cuantos números? ¿Acaso no aborrecemos ya suficiente su falsa eternidad como para cambiar su sin-sentido? Podemos disfrutar de sus horas y, de este modo, burlarnos nosotros de las manecillas del reloj que, esta vez sí, deberán correr rápidamente en su intento de acortarnos un día feliz.

dimarts, 6 de gener de 2009

Palabras/Pájaros.



Lo que sirve para las palabras, puede no servir para las cosas. El hecho de que dos frases contradictorias entre sí no puedan ser ambas ciertas no significa que los términos opuestos no existan. La palabra no es la cosa; palabra y objeto tienen cada uno su propio camino, su propio modo. Es cierto que una ciudad está compuesta de piedra, barro y madera; también es cierto que una ciudad está compuesta de gente. Estas frases no se excluyen mutuamente en absoluto. Es cierto que el movimiento del pájaro y el soplido del viento hacen caer una pluma; es cierto que, al encontrar esa pluma en mi camino, entiendo que ha caído para mí. Estas palabras se niegan en parte unas a otras. Es cierto que todo cuanto existe debe ser como es, y que nada es obra de la fantasía sobre el vacío; es cierto que todo existe y es cierto que nada existe. Estas palabras se contradicen unas a otras totalmente. El mundo de nuestra existencia es el tejido que las mantiene juntas al tiempo que las mantiene separadas. El mundo es el puente entre las paredes de un desfiladero, entre las orillas de un río que corre por el fondo de un precipicio, y las palabras son los pájaros que vuelan de un lado a otro sin cesar. No pueden estar en dos lugares al mismo tiempo, pero pueden salvar el abismo y regresar. La persona necesita toda su vida para cruzar el puente hasta el otro extremo. En cambio, los pájaros vuelan de un lado al otro del precipicio, trinando y hablando mientras van y vienen.


K. LE GUIN Ursula
El eterno regreso a casa

divendres, 2 de gener de 2009

Empezar en sí y no en no.


Siempre he pensado que hay algo que debemos hacer como mínimo una vez en la vida. Ese “algo” supongo que depende de cada uno y, según el carácter o la personalidad de esta, cumple con su deseo de actuar, o no. En mi caso ese deseo podríamos calificarlo de irrefrenable, intenso e incluso fuera de lugar. Os parecerá estúpido. Lo sé. Es indudable que el amor se crece con el contacto, o eso nos han dicho siempre. Mi “algo” puede ser extraño, peculiar o tan sólo una tontería más en este mundo de locos: enamorarme fugazmente, amar y olvidar intensamente, un amor imparable pero breve. Vaya chorrada, eso es lo que pensais al oirme decir esto, ¿no? No importa lo que opineis acerca de este asunto, podríais decir que es incluso imposible, pero ¿sabéis qué? Creo que nada es imposible.

La vida da muchas vueltas.

¿Por qué no iba a ocurrir? ¿Por qué no iba a encontrar un amor efímero? Un día estamos aquí y antes de darnos cuenta ha cambiado todo, de un momento a otro: los segundos, los minutos, los días, las horas, los meses, los años... transcurren sin pausa y cuando abrimos los ojos se nos ha escapado la vida de las manos... ¡y no la vimos pasar!

Sí, la vida es así.

Ahora no nos pondremos a discutir si la vida es poca o merece la pena, lo importante es vivir como cada uno considere correcto. Al menos eso es lo que decidí creer yo cuando tuve suficiente cabeza para tomar un camino propio. Podríamos hablar de la vida, el mundo, el tiempo y todo lo que vemos pasar por nuestra corta existencia: pero eso no tiene la más mínima importancia en este mismo instante. Estoy aquí para contaros una historia que me pasó hace algún tiempo. Habéis ido contando experiencias, invenciones y sueños turno por turno. Sí, y cada uno con su propio valor, que no es poco. Ahora me toca a mí, y después escucharemos las palabras de los restantes. Así que no tiene sentido dar más vueltas al asunto, es tan absurdo como querer atrapar el aire, que no tiene cuerpo ni forma, con las manos. ¿Qué tal si empezamos hablando de mí?




No importa la edad que tengo ahora. Hablo de lo que ya pasado, así que hablaremos en pasado y sólo del pasado. Pero, como ya he dicho, aquí no tiene lugar una discusión acerca del tiempo.

Me gradué en el instituto con dieciocho años, y con esa misma edad ingresé en la universidad. No era una universidad de prestigio, tampoco era mediocre, era bastante buena. A mí me gustaba esa por nada en especial. Estaba situada a las afueras de la ciudad y contaba con un gran campus en el que podías ver ir y venir los estudiantes: algunos por los caminos de piedra que cruzaban el césped, otros sentados en la verde extensión tocando sus guitarras, charlando u otras distracciones habituales como las horas de lectura. Yo acostumbraba a estar en uno de los grupos situados en aquella hierba cortada y bien cuidada, con algunos amigos y, de vez en cuando, el chico con el que salía por aquel entonces. Nos gustaba cantar, algunos traían guitarras y otros cajas de percusión. Las horas libres podían ser muy divertidas. La gente que me rodeaba era normalmente mayor que yo, siempre me trataron bien (ahora que lo pienso, no perdí relación con todos, sólo con algunos). Yo nunca me consideré una chica guapa, tampoco diría que era fea. Creo que era más bien normal, menuda y delgada, de pelo moreno siempre bien peinado, vestía de una forma bastante descuidada, a decir verdad no me gustaba guardar las apariencias. Mi novio, por su parte, era, tal vez, el más amable y tranquilo del grupo. Un chico alto y delgado, siempre mal afeitado, con el pelo largo recogido en una coleta hecha con poca gracia y ropa de algodón de colores. Su lema se resumía en una sola palabra que repetía de vez en cuando como si esta misma tuviera algún tipo de musicalidad: “Paz”. Esa era su idea clave para llevar una buena vida, sin problemas ni percance alguno. Creo que muchos habrían dicho que era un hippy sin remedio, un amante de la percusión y, seguramente, alguien en quien se podía confiar. No sé si esos adjetivos son adecuados para aquel desastre de muchacho, pero era alguien curioso y divertido. Esto es indudable e induscutible.

Para ser sincera, durante mi juventud, llevé una vida tranquila y ordenada, aunque eso no era aplicable a mi pequeño apartamento. Creo que eso ya es un tema a parte. Si lo pienso con calma, no puedo decir que no fuera feliz: quería a mi novio y este a mí, lo cual era (de nuevo) algo indudable, y además jamás discutimos; tenía un trabajo en una tienda de ropa donde cobraba bastante bien y, además, me gustaba; mis notas en los estudios fueron siempre sobresalientes sin mucho esfuerzo; con mis padres guardaba las distancias pero la relación era más bien buena, estaban orgullosos de su pequeña; los profesores me adoraban; los amigos fueron los mejores que pude tener... ¿qué fallaba pues? Aparentemente todo estaba en su sitio y no faltaba absolutamente nada, podríamos decir que llevaba una vida plena, llena de sonrisas. Muchas alegrías y pocas caras tristes, ¿qué más podía pedir? Aunque a los ojos de todos era una vida perfecta, a los míos faltaba “algo”, tal vez sentía total ausencia de emoción con aquel tranquilo transcurrir del tiempo. En realidad siempre supe qué faltaba, pero parecía, y resultaba al fin y al cabo, absurdo hasta su última letra, y más aún si le colocábamos un punto final. Cuando pienso en un “amor efímero”, aquel “algo” que supuestamente me faltaba, curiosamente sonaba en mi cabeza la famosa canción de Eric Clapton, Layla. Nunca he sabido porqué relacioné esta canción con esto, no tienen nada que ver, en realidad hay muchas cosas sin sentido y muchas otras fuera de lugar. La cuestión está, básicamente, en que aquella vida tan perfecta no me complacía del todo. Nada cambió aparentemente y cuatro años después de empezar la universidad seguía todo como siempre: con el mismo novio, los mismos resultados académicos, el mismo trabajo, los mismos amigos, los profesores seguían encantados conmigo y mis padres tampoco eran una excepción en este sentido... todo exactamente igual, ni un sólo cambio. Bueno, sí, ya no estaba en primero de carrera sino ya entrando en un quinto año, yo quería llegar a lo más alto, la verdad es que me daba igual pero si así todos estaban contentos me daba igual hacerlo, no me causaba ningún problema, todo lo contrario. No tenía queja alguna, aunque seguía pensando en ese “algo”, y ese “algo” me producía una extraña mezcla de entusiasmo e incomodidad (típicas contradicciones, pensaréis, pues os doy la razón). Tenía que cambiar algo, tal vez cambiar un poco aquella rutina me vendría bien, pero nunca lo supe: no hice ningún tipo de modificación en mis quehaceres diarios.


Un día como cualquier otro, al salir del trabajo ya cerca de las 9 de la noche, cogí, como siempre, el metro dirección a la estación de trenes donde, como cada día, tomaría un tren hacia el campus universitario y una vez allí me dirigiría a mi pequeño apartamento situado en el tercer piso del bloque H, aún recuerdo el número. Era el apartamento 317. Aunque esto, una vez más, no tiene importancia ya que aquel día mi rutina se quebró, únicamente aquel día. Así pues, volviendo al metro... subí en el segundo vagón empezando por la cola, como era habitual, tenía por costumbre sentarme en el primer asiento junto a la ventana que había a la derecha de la puerta por la que entraba cada día, como si se tratara de un ritual sagrado e irrompible. Así pues, sin perder mis curiosas costumbres, me senté en aquel mismo sitio que siempre esperaba que estuviera libre por y para mí, exactamente igual que los demás días y a la misma hora que siempre tenía sentado delante un muchacho de aspecto desaliñado, aunque claramente atractivo, del cual conocía los rasgos a la perfección, pues llevaba cuatro años viéndolo allí jornada tras jornada laboral. Pensé, casi inconscientemente, que debía ser tan metódico como yo, y seguramente aburrido (aunque nunca me consideré aburrida, todo sea dicho). Y un día más me sonrió y nos miramos fijamente durante los siguientes veititrés minutos, equivalentes a once paradas de metro, una más y aquel desconocido se levantaría de su asiento y se dirigiría con aire desconcertado a la puerta para bajar como hacía siempre. Y, como cabía esperar, lo hizo. Pero no lo hizo como siempre, pues poco antes de llegar a su parada abrió una pequeña libreta negra que siempre lo acompañaba y escribió algo, me sonrió con innocencia y, tras ocultar la punta del bolígrafo y cerrar la pequeña libretita se levantó y la dejó allí donde había permanecido sentado los últimos veintiocho minutos, se dirigió con su habitual aire desconcertado a la puerta y antes de abrirse echó una última ojeada atrás y salió al andén. En aquel mismo instante yo ya había cogido la libreta, localizado el escrito y descifrado aquello que había dejado allí, para mí, con una caligrafía pésima. No sé porqué lo miré y tampoco sé cómo segundos después me vi bajando en aquella parada que, por supuesto, no era la mía. Él me había esperado junto las escaleras, tenía tal vez la esperanza de que viera el mensaje y corriera tras él, algo que creo que de no haberse dado aquel día, en aquel preciso instante y con aquel desaliñado muchacho no habría hecho jamás. Y cuando digo jamás, es jamás.

Nunca había hablado con él, ni una sola palabra, ni un saludo, tampoco un gesto que pudiera ser ningún tipo de comunicación no verbal. Tampoco es extraño, en el metro es fácil coincidir con alguien, aunque no de un modo tan reiterativo y especial. Tal vez aquella fuera la oportunidad que había estado esperando para hacer aquello que sólo debía hacer una vez en la vida. Desaprovecharla hubiera sido estúpido, aunque es posible que no coincidais conmigo con esta opinión, podemos volver a decir que cada uno vive como quiere y considera correcto. No dijimos una sola palabra, en realidad nunca nos hablamos: en la vida, jamás. Nos limitamos a sonreír con complicidad y dirigirnos sin saber muy bien porqué a un pequeño piso que había a menos de cinco minutos andando del lugar en el que nos encontrábamos. No creo que sea necesario que diga que esa era su casa, aunque ya lo he dicho. A oscuras, sin encender la luz, habiendo cerrado no hacía aún un instante la puerta, nos besamos apasionadamente. Nos acostamos, hicimos el amor y, como si siempre lo hubiéramos hecho y conociéramos cada rincón el uno del otro, nos dimos mutuamente el placer que nunca nos habían dado. Wonderful night, así podría haber titulado yo aquella fantástica e inesperada noche. Y, si tengo que ser sincera, nos dijimos una única palabra, la única que crucé con él. Desde el umbral de la puerta, con el pijama y un jersey sobre los hombros, se despidió.

- Adiós.

- Adiós – respondí.

Bajé las escaleras con cuidado y pasé las pocas horas que faltaban para la salida del sol paseando por las calles de aquel barrio, un barrio completamente desconocido para mí, exactamente igual que aquel joven del que no sabía ni el nombre. Amanecí sentada en el rompeolas, contemplando como el dios helios despertaba majestuosamente mostrando con orgullo su brillo sobre el mar, destellos de luz creaban diamantes ilusorios que se rompían en mil pedazos con el ir y venir de las olas. Aquella fue la última vez que lo vi, no regresó a aquel vagón de tren. Yo tampoco lo esperaba.

Fue un adiós único e irrepetible, sólo fue eso: un adiós.




La verdad es que hubiera sido muy bonito que esto hubiera ocurrido, pero en realidad jamás llegué a coger aquella libreta ni salí corriendo tras él. Los días transcurrieron como siempre sin el más mínimo cambio. Si me preguntáis qué es de mi vida ahora, os diré que soy feliz. A pesar de ello prestad atención, porque os lo diré una vez, y sólo una vez: oportunidades tenemos muchas pero, normalmente, sólo vemos una en toda nuestra vida; si tenemos suerte, seremos capaces de reconocer dos. ¿Cómo sabemos cuál es la idónea o si realmente es esa nuestra oportunidad? Sólo podemos arriesgar. Tirad los dados, jugad a este juego de azar. Tenéis una oportunidad, sólo una...